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Del niño y de su síntoma

Seminario permanente de la Red Hispanohablante De Psicoanálisis con Niños y Adolescentes (RHIPNA) Noviembre 2024

Al preparar esta intervención me preguntaba qué es lo específico del niño, para hablar de su síntoma. ¿Por qué no hablar simplemente del síntoma analítico? Pienso que cuando hablamos del niño, conviene tener en cuenta algunos puntos que van directamente relacionados los unos con los otros.

  1. En primer lugar, cabe diferenciar el proceso de desarrollo, de los momentos
    estructurantes del sujeto.
  2. En segundo lugar, especificar si hay o no hay sujeto del inconsciente en el niño.
  3. En tercer lugar, el lugar que ocupa el niño para el Otro, y, por lo tanto, su invención sintomática -o no- en tanto constituyente a nivel de estructura.
  4. Ya para terminar, algunas puntuaciones sobre el síntoma analítico, más allá de su
    especificidad en la infancia.
Desarrollo biológico y constitución subjetiva

Empecemos por Freud, quien sabemos que intentó diferenciar ambos procesos, pero dio a la biología y la anatomía un papel importante en relación a la maduración del aparato psíquico. En este sentido, él diferenció al niño del adulto en dos aspectos.

  • La maduración del cuerpo y de su organismo.
  • Los estados subjetivos que el sujeto recorre.

Por lo que al segundo punto se refiere, nos interesa puesto que tales estados (infancia, latencia, pubertad, adolescencia y madurez) son concomitantes a los movimientos de la estructura, o en términos freudianos, a la constitución de las instancias del aparato psíquico y sus efectos.

Patrick Valas, en un texto titulado ¿Qué es un niño?¹ , propondrá que la aportación de Freud a la cuestión infantil se basa en la diacronía del desfiladero edípico. Entonces, con el Edipo en primer plano, Freud nos ilustra sobre el papel constituyente de la sexualidad en el niño y los efectos de estructura que tiene para éste el encuentro y resolución -o no- del complejo de castración. Por supuesto, en relación con las figuras primordiales que cumplen la función de madre y de padre.

El concepto de diacronía hace referencia a la historia de cada uno, teniendo en cuenta lo real del tiempo y las contingencias vitales de la infancia. Esto, a mi manera de ver, es lo que precipita que el niño haga síntoma.

Siguiendo con la propuesta de Valas², Lacan, fiel a su relectura de Freud, aporta la sincronía a la ecuación con sus elaboraciones teóricas que vendrán a aclarar y complementar la propuesta freudiana. Sincronía puesto que sus aportaciones en relación al niño hacen referencia especialmente a los momentos estructurantes del sujeto. No tanto a un proceso, unos estados que pasan de los unos a los otros, si no a encrucijadas en las que o bien se da, o bien no se da un hecho. La insondable decisión del ser es lo que hace estructura, el momento en que aquello hace click o no.

Entonces, el estadio del espejo, las operaciones de alienación-separación, la incorporación o no de la metáfora paterna, la relación con el objeto y los efectos en la pulsión, el síntoma y el fantasma son algunas de sus aportaciones que pueden ser tomadas en clave sincrónica. Las tres últimas fueron más bien conceptualizaciones rigurosas sobre lo que Freud empezó a desarrollar.

Entonces, debemos tomar en cuenta lo real del tiempo y del organismo, pero a la par que la incorporación simbólica del lenguaje y la constitución imaginaria de una imagen corporal para entender lo que se juega para el niño en esta etapa infantil. Esto, específico del niño, determinará qué sujeto tenemos delante en el dispositivo analítico.

Pasemos al segundo punto.

¿Qué sujeto en el niño?

Hablamos muy a la ligera de sujeto, no cabe confundir el sujeto con el individuo. En este sentido Rosine y Robert Leford hacen un trabajo excelente en esclarecer cuando podemos hablar de sujeto del inconsciente o bien de sujeto de la psicosis³. Hoy no entraremos en el sujeto autista.

Es por esa razón que hablamos del niño en tanto parlêtre. Un infans que ya ha sido tocado por lalangue materna y que ha podido incorporar algo de este goce externo, en una dialéctica con el suyo propio. Un sacrificio del goce autista, del Uno, para dar lugar a una identidad de cuerpo.

Esto nos lleva a las operaciones de alienación-separación, en la que se produce un encuentro con el objeto en tanto perdido, que instaura una falta tanto del lado del sujeto como del Otro. El objeto a no perteneciente al registro significante, cae entre el S1 del sujeto y el S2 del Otro, instaurando el intervalo entre ambos, la alteridad entre el uno y el Otro.

El nacimiento del sujeto del inconsciente queda determinado por esta posibilidad de hiancia, que viene determinada por la vertiente Real de la estructura. Es decir, la caída del objeto a permite que el inconsciente encuentre lugar, se aloje topológicamente en esa muesca, en aquello que el sujeto ha podido ceder de su goce. Los Leford escriben que el inconsciente se sitúa en las investiduras significantes y sus hiancias. Se capta su carácter pulsativo en el abrir y cerrar que muestran los lapsus.

Entonces, el inconsciente como discurso del Otro implica dos vertientes de la estructura. La Real, vertiente del objeto y del goce, y la Simbólica, que hace referencia al significante del deseo del Otro. No es suficiente con que el sujeto hable y sea hablado, puesto que hay un Otro, para que pueda nacer el sujeto del inconsciente.

Lo que antes nombrábamos como diacronía, es decir la historia, los cortes, los tiempos, es tan solo posible si opera el mecanismo de la represión. Debe haber algo que se pierde para que algo se inscriba. Aquello que queda reprimido será la materia de la que se compone el síntoma, los significantes que han quedado capturados por este. Luego entramos en esto.

¿Qué ocurre cuando no hay represión? ¿Podemos hablar de síntoma en el niño?

Primero de todo, conviene aclarar que en la psicosis hay inconsciente. Es a menudo que hablamos del inconsciente a cielo abierto. Pero, como los Leford nos explican, se trata de un inconsciente en el que todo es legible, pero no para el sujeto psicótico. Eso no cesa de pensar, pero no hace “yo” [je]. Es decir, los sueños, los lapsus, el síntoma, del niño psicótico tienen un estatuto distinto a las formaciones del inconsciente. Por lo tanto, según mi punto de vista, no podemos considerar que haya síntoma analítico en el niño psicótico. Tampoco en el adulto. (Exemple somnis S., A.C. o Y.O.).

Lo que determinará el estatuto del sujeto y de su Otro depende del objeto a separador, nos dicen los Leford⁴ . Para la neurosis, el objeto se ha perdido, provocando la búsqueda incesante del objeto por parte del sujeto, dando lugar a esta falta como motor del deseo. La fórmula propuesta por ellos es a φ . El objeto viene a ocupar el lugar de la falta. Escuchamos en la clínica que tiene sus vertientes imaginarias y sus representaciones significantes, en los fantasmas de los neuróticos.

Esto es distinto para la psicosis. El objeto no se ha perdido. O bien lo lleva el sujeto, o bien lo encuentra en el Otro, provocando el retorno de un goce y los consecuentes fenómenos elementales y alucinatorios, así como los pasajes al acto. Cualquiera que sea la situación, esta falta de caída del objeto deja al sujeto psicótico preso en la alienación al significante del Otro. Sin la hiancia introducida por la caída del objeto, el significante del goce S1 y el significante del Otro S2 quedan pegoteados en la holofrase. Él y el Otro se confunden, son lo mismo. Esto ayuda a entender la posición del niño psicótico, tan a menudo atrapado en el fantasma materno, encarnando el objeto en su dimensión real.

Entonces, síntoma analítico por un lado, fenómenos psicóticos por el otro. Por lo tanto, una primera distinción que cabe hacer es si el síntoma que se nos presenta en las primeras entrevistas con el niño, corresponde a una formación de compromiso frente a la castración, o bien se trata de un fenómeno que no pide un desciframiento, si no que testimonia de un agujero real en la estructura y un cuerpo que no ha terminado de unificarse. Me parece fundamental esta cuestión.

Para el sujeto psicótico se trataría entonces de cómo poder, a falta de brújula fálica, reajustar la Imaginario supliendo el significante forcluido, suplencia que operaria anudando también lo simbólico y lo real, en el mejor de los casos. No es lo mismo la repetición neurótica de la que da cuenta el síntoma, que la deriva del significante psicótica cuando se rompe la cadena.

La correlación de un sujeto con su goce, que es lo que venimos diciendo hasta ahora, nos permite pensar en el síntoma en el niño. Pasemos al tercer punto.

La invención sintomática del niño

Si tomamos la definición freudiana del síntoma, esta es la de formación de compromiso frente a la pregunta sobre la castración, podemos pensar el síntoma en el niño como constituyente. Es decir, algo ligado estructuralmente al núcleo del ser humano. Izcovich⁵ marcaba una diferencia entre el concepto de niño neurótico, y el de neurosis infantil. El atravesamiento o no de la neurosis infantil es aquello que determinará la relación del sujeto con los tres registros, es decir, su estructura.

No hay sujeto -del inconsciente- sin su síntoma. Es decir, el síntoma en el sentido psicoanalítico es un indicador de estructura. Para Freud, era algo que llamaba al desciframiento, puesto que si está formada de significantes reprimidos es una formación del inconsciente. De todas maneras, lo venimos diciendo desde el principio, la dimensión del goce del sujeto no puede ser obviada.

El hecho de hablar de síntoma “analítico” nos permite entrar en algo que encontramos en casi todos los casos con niños. El peligro de confundir el síntoma fenomenológico, por el que consultan los padres, con el síntoma que verdaderamente trae el niño.

Para que podamos hablar del análisis de un niño es condición no olvidar este aspecto. El analista debe poder desmarcarse del imperativo pedagógico, médico, educativo al que el niño se encuentra sometido por los diferentes discursos del amo, para dar espacio a una demanda. Una demanda que articulará algo del orden del decir, del deseo del sujeto, más allá de su formulación verbal.

Hay algunas diferencias con el adulto. Es en la producción significante de cada niño, vehiculada por sus historias, sus dibujos, su juego, que se gesta una pregunta al Otro. O más bien, la pregunta sobre cómo hacer con aquello imposible.

Así, una niña que atendí hasta los diez años, vino en un primer momento porqué estaba “enganchada a nosotros”, decían los padres. También explicarían que no comía. Lo que había en juego, más allá de aquello que hacía síntoma para la pareja, era lo que esta pequeña analizante desplegaba en sus sueños de angustia y sus dibujos. Esto era el encuentro con lo real de la muerte y la inconsistencia del mundo imaginario que la había sostenido hasta ahora.

Si confundimos el síntoma relato de los padres, con el síntoma analítico del que sólo puede testimoniar el niño -pues es una formación de su inconsciente-, olvidaremos el punto de goce, aquello que determina la posición subjetiva respecto del Otro. (exemple acting out S.A.?).

Si el síntoma se trata de una respuesta frente al significante de la falta en el Otro, frente al agujero en lo simbólico por dónde se entrevé lo real, debemos tener en cuenta tanto la dimensión significante (S) como la dimensión del goce y del objeto (R).

Tenemos entonces una definición posible: El síntoma como defensa frente a lo real del goce, provocado por un acontecimiento de cuerpo⁶. Es una tentativa de respuesta simbólica a un acontecimiento real, que fisura la supuesta unidad imaginaria. Este tratamiento de lo imposible dejará entrever su lugar en la trama de significantes que el niño desplegará en su decir.

Aquellos son los significantes que quedan atrapados en el síntoma del niño, tocan su cuerpo gozante. Esto me lleva al cuarto punto, en relación a algunas consideraciones generales sobre el síntoma.

Puntuaciones sobre el síntoma analítico

Si los niños son susceptibles de entrar en el dispositivo analítico suponiendo un saber al Otro a partir de una demanda… desplegando su síntoma y en consecuencia los significantes primordiales reprimidos que lo conforma, entonces también son susceptibles del acto analítico, en tanto interpretación.

Que el tratamiento de lo real tenga lugar a partir del rodeo simbólico de la trama significante, no significa eso que debamos tomar el síntoma por el lado de la significación. Atender al significante, intervenir por ahí no significa por el lado del sentido.

A colación de esta aclaración, conviene remarcar, tal como insiste Esthela Solano en su artículo⁷ , en la cuestión de la materialidad del síntoma. Se trata aquí que el síntoma, o más bien los significantes que lo conforman, deben poder leerse, más bien que escucharse. Es decir, tomarlo por el lado de la letra, no tanto por el de la palabra.

(Aprovecho para mencionar que este año en el FPB estamos dando seminario específico sobre la instancia de la letra en el inconsciente. Esto no es específico del niño, pero no por ello menos importante para su tratamiento.)

El paso de la interpretación por el sentido a la interpretación por el equívoco, a partir de la homofonía, las incoherencias lógicas y el sinsentido… es lo que marca un viraje en la posición de Lacan, quien insiste mucho en este aspecto. Se trata entonces de escuchar las articulaciones significantes por fuera de lo que quieran decir, por fuera del sentido. Como una letra.

Lo menciono porqué si no podemos pensar en el análisis de un niño dejando de lado la dimensión del goce, conviene tener claro que la intervención sobre su síntoma deberá correr también en la línea de tocar el goce, su posición de goce. Y esto también implicará los padres en el tratamiento.

El significante toca el cuerpo como marca sonora⁸, produce un acontecimiento de cuerpo en el niño. Si aceptamos esta lectura, del significante vinculado al cuerpo y al goce del niño, entonces es lógico poder concebir el síntoma como la coalescencia de estas dos dimensiones: los significantes anudados en una especie de núcleo que tiene incidencia directa sobre el cuerpo como sustancia gozante.

Se tratará entonces de mirar de desanudar, o más bien ir vaciando, este conglomerado de significantes reprimidos, no por la vía del sentido si no por la vía del equívoco. La dimensión simbólica de las articulaciones significantes que sustentan el síntoma se articula con la vertiente real que podemos pensar desde la materialidad significante.

Pienso que en el síntoma del niño es válido e indispensable este mismo abordaje, que permite que en el lugar de los S1 que coagularon en el encuentro con lo real, pueda operar un vaciado de goce que permita una reescritura. 

Para terminar, decir que esta reescritura no eliminará nunca el síntoma en el niño, si no que permitirá una nueva invención sintomática, un nuevo anudamiento podemos decir, que a su tiempo también se articulará con el fantasma, aún en construcción. Lo dejo aquí, gracias.

1 A.A.V.V.: Niños en Psicoanálisis, Buenos Aires, Manantial, 1989.6.

2 Íbidem

3 Íbidem

4 Íbidem

5 IZCOVICH, L.: Clínica diferencial de las psicosis en la infància Luís Izcovich. [FOE Barcelona EPFCL]. 2017.

6 SOLANO, E.: Leer el síntoma del niño. Nueva red CEREDA. 2014

7 Ibídem

8 Ibídem

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Al preparar esta intervención me preguntaba qué es lo específico del niño, para hablar de su síntoma. ¿Por qué no hablar simplemente del síntoma analítico? Pienso que cuando hablamos del niño, conviene tener en cuenta algunos puntos que van directamente relacionados los unos con los otros.

  1. En primer lugar, cabe diferenciar el proceso de desarrollo, de los momentos
    estructurantes del sujeto.
  2. En segundo lugar, especificar si hay o no hay sujeto del inconsciente en el niño.
  3. En tercer lugar, el lugar que ocupa el niño para el Otro, y, por lo tanto, su invención sintomática -o no- en tanto constituyente a nivel de estructura.
  4. Ya para terminar, algunas puntuaciones sobre el síntoma analítico, más allá de su
    especificidad en la infancia.

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