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Lo fecundo del bofetón de Dora
“Tampoco sé si el señor K. habría logrado más de haber descubierto que aquella bofetada en modo alguno significaba un «no» definitivo, sino que respondía a los celos que últimamente habían despertado en Dora, mientras que las mociones más potentes de su vida anímica aún tomaban partido en favor de él. Si no hubiera hecho caso de este primer «no» y hubiese proseguido su cortejo con pasión convincente, el resultado habría podido ser fácilmente otro.” S. Freud (Fragmento de análisis de un caso de histeria 1905).»
Si algo nos enseñó Lacan fue a no retroceder ante la posibilidad de llevar a cabo un análisis incluso con aquellos sujetos que a priori, o bien por estructura, o bien porque no hay demanda, o por otras causas, parecen presentar dificultades para la cura analítica. Siguiendo el hilo de “intervención sobre la transferencia (1951)” quisiera hablar de los escollos en los que se puede topar el analista al posicionarse en la transferencia.
El motivo de elegir este escrito es porque en él Lacan señala que, en el caso Dora, “es la primera vez que Freud da el concepto del obstáculo contra el que ha venido a estrellarse el análisis bajo el término de transferencia”. Ahí es donde Lacan trata de examinar las relaciones dialécticas que constituyeron el momento del fracaso.
Así pues, Lacan señala la dificultad que tuvo Freud para poder llevar el análisis de Dora, una neurosis histérica, hacia una mayor posibilidad de superación de una primera etapa. Para Lacan, Freud permanece ligado a un inconsciente que apunta a la coyuntura imaginario-real, esto es, en un nivel imaginario de la transferencia.
Cito textualmente en “La dirección de la cura y los principios de su poder (1958)”: Freud no parece siempre situarse muy bien sobre este punto, en los casos de que nos ha hecho partícipes. Y por eso son tan preciosos.
A pesar de que algunos autores tratan de esclarecer la interrupción de Dora a partir de cuestiones históricas de la época o de la biografía del propio Freud, yo voy a tratar de hacerlo a partir de las elaboraciones teóricas que aún le faltaban y que fueron releídas a la letra por Lacan a posteriori. Lo que Freud nos enseña en su caso clínico trasciende su propia historicidad para aportarnos algo en cuanto se refiere a la posición del analista en la transferencia.
Dora fue tratada por Freud en 1900, 20 años antes de la publicación de “más allá del principio del placer”, es decir, la conceptualización de la pulsión de muerte basándose en su práctica analítica, y 25 años antes de su exploración sobre la feminidad, lo que le permite modificar su tesis sobre el masoquismo femenino partiendo del artículo “Pegan a un niño” (1919).
Me parecen fundamentales estos dos avances conceptuales en Freud para comprender mejor cual es la coyuntura previa en la que se produce la interrupción en el fragmento de análisis de Dora. Ya que estos avances permitirán a Lacan diferenciar que ser objeto en la modalidad masoquista y ser objeto en la relación sexual son dos modos distintos del deseo y del goce.
Esta diferencia es la que le permite a Lacan señalar en “intervención sobre la transferencia” que Freud no supo ver que la transferencia con Dora emerge como una pregunta por el deseo del Otro: ¿qué es ser una mujer?, la cual, por la vía fálica de la identificación viril a un rasgo del padre, apunta al objeto del deseo, e intenta aproximarse a una respuesta abordando a la Sra. K, a la cual le supone un saber en relación al enigma de lo femenino.
Lacan refiere que el tropiezo de Freud se debe a su identificación con el Sr. K debido a los propios prejuicios que Freud tenía sobre la mujer en ese momento. Lo esperable en una muchacha de la edad de Dora era que se casara con el Sr. K, y aunque ella presentaba claras evidencias de que eso no era lo que deseaba, Freud no podía despegarse de sus concepciones, es decir, de que el “masoquismo femenino” podía ser una respuesta fantasmática ante el enigma de la feminidad.
Esta identificación de Freud al Sr. K fue la que no permitió una tercera inversión dialéctica que permitiese un avance: el reconocimiento del deseo de Dora por la pregunta por su feminidad a partir de su identificación con la Sra. K. Quisiera remarcar que comprender la transferencia como una serie de inversiones dialécticas ya implica de facto la concepción de un inconsciente que apunta a tratar de distinguir, como mínimo, los lugares de los registros simbólico e imaginario.
En “La dirección de la cura…” Lacan comenta que la transferencia reproduce “un error sobre la persona”, es decir, una confusión entre lo Simbólico y los lugares imaginarios. Colette Soler aclara en “La transferencia, del amor al sexo” que esta reproducción de la relación objetal, en que el sujeto atribuye al analista ser otra persona, no es una repetición. Y hace imposible el análisis sin otra dimensión.
Entonces, no se trata simplemente de desmarcarse de la relación que tiene el sujeto con los otros (identificación imaginaria), sino que el sujeto descubra progresivamente a qué Otro le habla en las sesiones, asumiendo las relaciones de transferencia en el lugar en que están realmente.
Es decir, el analista debe estar en un cierto lugar simbólico para interpretar y, al mismo tiempo, debe interpretar los efectos imaginarios, los efectos sugestivos, de ese mismo lugar. En cierto modo, el analista debe salir con su interpretación del lugar mismo que la hace posible. En el seminario 11 (Los cuatro conceptos…) Lacan suscribe: “Es por boca del analista, desde el lugar de su deseo como analista, que la interpretación puede lograr el cometido de que le llegue al sujeto algo de su inconsciente”.
De hecho, el término freudiano para transferencia es Übertragung y, entre otros, significa desplazamiento de un punto a otro. En el caso Dora, esto se puede ejemplificar mediante el esquema L.
Mediante este esquema se puede observar cómo la estructura del efecto clínico transferencial en una neurosis se parece a ese objeto oculto y enigmático descrito en el cuento de Edgar Allan Poe “La carta robada”. Un objeto que actúa y trabaja como un significante cuyo significado no sabemos, y que marca el destino de cada uno de los personajes o, si se quiere, que, en su desliz, acaba produciendo efectos clínicos en el sujeto.
Hay que señalar aquí el equívoco entre carta y letra en francés [lettre], el cual permite ya vislumbrar el primer estatuto que le da Lacan a la función de la letra como aquel significante que, sin ser de nadie, marca al sujeto con efectos clínicos. El analista debe ocupar ese lugar del rompecabezas deslizante que permite el desplazamiento de los significantes en la cadena simbólica, el lugar del significante fálico que inscribe la castración, un vacío en el registro simbólico.
No obstante, este reconocimiento del deseo de Dora, no hubiera supuesto el final del análisis sino sólo la superación de una primera etapa.
Harán falta posteriores elucidaciones de Lacan para vislumbrar la imposibilidad lógica con que la interpretación trata, la cual toca un real en la estructura subjetiva, y que le permitirá ubicar la función de la letra como escindida del significante, litoral entre simbólico y real, como aquella que le facilita epistémicamente pensar un fin de análisis conclusivo más allá de Freud.
Será entonces la concepción lacaniana de la transferencia como la presencia real del analista ocupando el lugar del objeto a vacío de goce la que permitirá descompletar al Otro, el lugar del Otro de la buena fe.
Aunque mi exposición versa alrededor de los escollos en el análisis de una neurosis histérica, también puede deducirse que el ser conocedor de éstos permite ser más cauto, ya sea en las entrevistas preliminares o en un análisis, para evitar, por ejemplo, un posible desencadenamiento psicótico en un sujeto con esta misma estructura. Cuestión ya apuntada por Lacan y cuya frecuencia no es nunca del todo desdeñable en nuestra práctica.
Asimismo, sobre estos escollos puede deducirse que, por ser en realidad lugares, también pueden brindar herramientas para pensar una modalidad en la posición transferencial que contribuya a una cierta estabilización de un sujeto con un desencadenamiento psicótico o una crisis melancólica. Este mismo principio es el que rige el juego en el psicodrama psicoanalítico aplicado por ejemplo en sujetos psicosomáticos.
Es lo que tiene la transferencia: a la vez puede ser facilitadora u obstaculizadora, e incluso a veces de manera definitiva, de la hiancia del inconsciente en una experiencia de análisis.
Para concluir diré que, en la literatura psicoanalítica nos encontramos con dos bofetadas fecundas, la de Dora al Sr. K en la escena del lago y la del fantasma de “pegan a un niño”. Una posible lectura de ello es que la bofetada de Dora al Sr. K fuera en realidad un “acting out” por la vía de la identificación, esto es, una bofetada dirigida al mismo Freud en forma de interrupción del análisis por no haber sabido interpretar los lugares del deseo y del goce de la relación sexual trasladados a la relación transferencial.
No es sino con la segunda bofetada del fantasma de “Pegan a un niño” que Freud consigue vislumbrar algo de la diferencia de estos lugares a partir de sus trabajos sobre la feminidad desligada del masoquismo.
Y es a partir de la distinción de estos lugares que Lacan retomará la cuestión para llevarla más lejos y pensar la transferencia, a través de los diferentes estatutos del objeto a, como una incógnita a despejar en la ecuación científica, algo de un real notado como letra, letra a.
Barcelona, a 2 de febrero de 2025
Guillem Pailhez

